Para los españoles no acaba la Navidad hasta que los Reyes no hacen acto de presencia. Sin embargo, en otros países es bien distinto: acaban antes pero también empiezan antes. Algunos me habéis expresado vuestro interés en conocer las tradiciones navideñas islandesas. En muchas cosas son similares a las de otros países occidentales, pero hay prácticas y leyendas muy curiosas que la isla lleva cultivando desde hace siglos.
Para empezar, no penséis que hasta que no llega Nochebuena no se ven adornos en las casas. Un mes antes de Navidad, los islandeses celebran el primer domingo de adviento, que implica poner las primeras lucecitas de adviento y un candelabro, también de adviento y similar a los judíos, en las ventanas. Algunas familias, especialmente al norte de Islandia, hornean laufabraud (pan de hoja), una especie de torta frita muy fina y decorada con motivos vegetales. Este alimento típicamente navideño se come normalmente acompañado de hangikjöt, carne de cordero ahumada, que en Islandia se degusta sobre todo en Navidad (aunque yo la he comido en otras épocas del año).
El 12 de diciembre es el día que todos los niños islandeses están esperando. Marca la llegada del primero de los 13 hombrecillos de la Navidad, hijos de Grýla y Leppalúdi. Estos papá noeles bajan de las montañas para colarse en las casas. Aunque antiguamente robaban y asustaban a la gente, ahora dejan regalos en los zapatos de los más pequeños. Si no se han portado bien, estos recibirán una patata, homóloga del carbón de Reyes en España. ¡Ah! Un detalle importante: los niños suelen estrenar siempre algo antes de las vacaciones de Navidad, normalmente calcetines. La razón tiene que ver con el gato de Grýla, una tradición que ya se ha perdido. La función de este animal, casi igual de terrorífico que su fea dueña, era asustar a todo aquel que no vistiera ropa nueva en Navidad.
Para prácticas arraigadas, la del 23 de diciembre, día dedicado a San Torlaco, el santo patrón de Islandia (y el único santo). ¿Y cómo lo celebran los islandeses? Juntándose a comer raya podrida (que huele a amoniaco y sabe peor que huele, o eso dicen, porque yo aún no he tenido el honor de comerla) o lanzándose como locos a las tiendas a comprar los últimos regalos navideños.
El 24 de diciembre, Nochebuena, es un día rodeado de una gran solemnidad. Es común que las familias vayan a los cementerios a recordar a sus seres queridos fallecidos. Si ha nevado, aprovechan para limpiar la nieve de las tumbas y las decoran con luces (una práctica que suele sorprender a los españoles que viajan allí en estas fechas). Por la noche, a eso de las 18.00, empieza la cena de Nochebuena, donde se suele servir carne ahumada con patatas y una salsa de caramelo riquísima. Tras la cena, los islandeses abren los regalos situados bajo el árbol (no el día de Navidad como en el mundo anglosajón), una tradición que yo he conservado en mi propia familia y que repetimos cada año aunque estemos en Madrid. Se van a la cama pensando en el Día de Navidad, que celebran de forma parecida a en España: comiendo juntos de nuevo, normalmente cordero ahumado y pan de hoja. Tanta comida no es posible soportarla sin librar el 26 de diciembre, segundo día de Navidad en Islandia, que, al igual que en otros países europeos, es festivo.
Y si hay algo que sorprenda de verdad es lo que suelen hacer en Nochevieja. Esa noche miles de fuegos artificiales, lanzados normalmente desde los jardines de cada familia, llenan el cielo de Reikiavik para recibir el año nuevo, y otras tantas hogueras son encendidas en todo el país muy al estilo de San Juan aquí en España. Hay que vivirlo para imaginarlo, así que ya sabéis.







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